Jesús llevaba cuarenta minutos a tres centímetros de lograrlo.
—Un poquito más —dijo alguien que nunca había levantado nada.
Había venido en zapatillas de bailarina porque su padre le había dicho que siguiera su vocación. Lo de las pesas fue una confusión con el formulario.
En el muslo tenía tatuado el nombre de una casa francesa que jamás lo habría dejado entrar así vestido. Mickey Mouse observaba desde la otra pierna. Habían envejecido juntos, aunque el ratón se conservaba considerablemente mejor.
La barra subió un centímetro.
En la tercera fila una señora recordó que había dejado descongelando un pollo.
Él soltó un grito que le movió los dientes a su madre, pequeña y de yeso, sobre una repisa al fondo del escenario. La candela se inclinó apenas. Nadie supo si aquello contaba como asistencia.
—No lo ayuden —advirtió el juez—. Es individual.
Las piernas temblaban con una independencia que el resto del cuerpo no podía permitirse. Bajo el maquillaje azul, los ojos buscaban algún sitio donde dejar el esfuerzo un momento.
La barra llegó hasta la barbilla.
Durante un segundo tuvo la expresión de quien recuerda dónde estacionó el carro.
Después bajó.
No al suelo. Al mismo lugar.
El público siguió esperando el milagro. Había pagado entrada.
Jesús tomó aire.
Rocket
Para Morbofly

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