Le decía mi abuela al bartender mientras el hombre la miraba fríamente a sus ojos.
Mi abuela, ya entrada en sus 80 años no distinguía la miseria de la podredumbre. Él; mientras tanto era un hombre reservado, con ganas de comer lombrices: Nunca había visto la lluvia.
El destino los había juntado esa tarde, mientras decenas de motociclistas les arrullaban con el sonido de sus motocicletas.
Amanecieron juntos: El hombre, mi abuela y el pescado.
Nadie sabe lo que aconteció tal noche.
Tomado de: :Los cuentos de Clodomiro Picado: Milagros de la Ciencia N.1" Editoria Tasmania. 1863.
Pablo Aragón Castañeda.
